No consigo gustar a los responsables de Recursos Humanos de esta gran ciudad.
Y no lo entiendo porque cada vez me pongo más guapa: utilizo varias capas de maquillaje barato de color naranja para embellecer mi redonda cara de pan, uso sombras más llamativas, un carmín más femenino, adornos y complementos más barrocos y vestidos cada vez más cortos y ajustados que disimulen mis anchas espaldas de hombre.
Pero parece que ir hecha una furcia y llevar a las entrevistas regalos comprados en las tiendas de los chinos, no está dando los resultados esperados.
Eso tiene un nombre: discriminación.
Nada tienen que ver mi escaso nivel educativo, mis nulas habilidades laborales, mi limitado intelecto, mi halitosis putrefacta ni ese intenso olor a coñito sucio sardinero que emana de mi entrepierna y que tanto gusta a los marineros jubilados y decrépitos que deambulan y me dicen cosas por el puerto.
Si no me cogen es porque soy un travesti, sin más ni más.
Voy a poner una denuncia. Es la única salida que tengo: denunciar y poner como excusa que soy un travesti.
Creo que denunciando podré ser alguien en la vida.
A pesar de todos los problemas sociales con los que debo enfrentarme, soy feliz.
Gracias por seguirme, amigos.


